Nuestro (casi frustrado) primer viaje

Hace ya casi 8 años que encendimos el motor de Huella, nuestra Kombi Rutera, y comenzamos a andar sin prisa los caminos de nuestra querida y hermosa Latinoamérica. Pero antes de este recorrido que cambió de pies a cabezas nuestras vidas, hubo un primer viaje en nuestro mapa de sueños: Conocer Europa durante 2 meses con mochila al hombro.
Escala en Brasil. Escapada a la playa

Acumulamos días de vacaciones en los trabajos que teníamos por aquel entonces, ahorramos dinero y compramos un vuelo de Buenos Aires a París, con una escala en Brasil de 7 días.
Todo estaba orquestado en detalle, incluso esa semana de descanso en uno de los más lindos hoteles de playa en Brasil.
Río de Janeiro nos recibió con sus playas extensas, cubiertas de sol, rodeada de arena blanca que nunca quema, aguas cálidas y cristalinas, cielos de celeste infinito y un aire tibio y suave.
Desde el hotel Iberostar Bahía , disfrutamos de vistas espectaculares del mar y de los morros.
Además, nada más lindo que despertarnos sabiendo que nos esperaba un desayuno saludable, abundante y riquísimo con frutas sabrosas, frescas y variadas y jugos deliciosos.   
Algunos paseos resultaron casi una obligación, como subir al Cristo Redentor, uno de los símbolos de Río de Janeiro, declarado en 2008 como una de las Nuevas 7 Maravillas del Mundo. Desde sus 710 metros sobre el nivel del mar, disfrutamos de una increíble y preciosa vista panorámica de la ciudad.
Subir al Cristo Redentor puede ser una buena presentación de Río de Janeiro, ya que desde él uno puede visualizar los principales puntos turísticos de la ciudad (las playas de Copacabana e Ipanema, el estadio de Maracaná, el Pan de Azúcar) y también cómo es la disposición de ésta magnífica ciudad.
Otro lugar imperdible de conocer, sobre todo para una fanático del fútbol como Martín, es el imponente estadio Maracaná, una cancha donde se disputaron juegos olímpicos, mundiales y desplegaron sus talentos los mejores jugadores de fútbol de todas las épocas.

El plan era comenzar nuestras vacaciones conociendo el país vecino y cargarnos de energía para recorrer el viejo continente. Habíamos leído guías, revistas de viajes, blogs de viajeros, recolectado consejos, teníamos un itinerario trazado, los sitios que queríamos conocer en cada lugar, los vuelos comprados, el hospedaje reservado.
Todo estaba felizmente planificado, pero, como dice el refrán, “si quieres hacer reír a Dioscuéntale tus planes.
Nuestro vuelo desde Brasil a Francia tenía una escala de 3 horas en San Pablo.
Como las valijas ya las habíamos despachado en Río de Janeiro y teníamos tiempo, buscamos con calma la puerta correspondiente para embarcar a nuestro vuelo, nos preparamos unos mates, sacamos los dados, las cartas y nos pusimos a jugar mientras se hacía la hora.
Se acercaba el momento de embarcar pero, como en las pantallas del aeropuerto donde figuran las salidas y las llegadas de los vuelos aún no estaba anunciado el nuestro, decidimos calentar más agua para el mate y seguir jugando para pasar el tiempo. Faltando 15 minutos para el horario de la salida de nuestro avión, nos empezó a llamar la atención que seguía sin aparecer nuestro vuelo, así que fuimos a preguntar qué sucedía.
- ¿Ustedes son María Eugenia Orza y Martin Sesana?, preguntó la empleada de la aerolínea detrás del mostrador.
, respondimos a dúo, sonrientes y sin la menor preocupación.
¡Hace media hora que los estamos llamando por los altoparlantes! ¿Dónde estaban? ¡Su vuelo ya está por salir!
-Eso es imposible, 
contestamos. Hace 3 horas estamos haciendo tiempo clavados frente a la puerta de embarque a la que no vimos llegar a nadie y en las pantallas tampoco apareció ninguna información sobre nuestro vuelo.

La señorita mira nuestros tickets y en una frase y 10 segundos se nos derrumbó el alma al subsuelo.
 - ¡El vuelo de ustedes sale de la puerta 57 de la Terminal 1, están en la puerta 57 pero de la Terminal 2! ¡Corran para ver si llegan!
Ambas terminales están a una distancia de 15 minutos caminando. Nosotros teníamos que llegar en 5 minutos y rogar abordar al avión con el vuelo ya cerrado.
Obviamente no lo logramos.
Y así fue como en nuestro (casi frustrado) primer viaje aprendimos que incluso cuando tenemos un plan detalladamente organizado, suceden imprevistos que nos fuerzan a relajar, respirar y ver qué pasa, confiando en que todo saldrá bien.
Siempre recordamos ésta primera lección como una buena introducción al viaje que emprenderíamos 4 años más tarde, donde sólo planeábamos recorrer de Argentina a México a la velocidad del paisaje, permitiéndonos frenar donde, cuando y cuanto quisiéramos, intentando no darle demasiado espacio a las expectativas para sorprendernos a cada paso, con cada lugar, con cada persona y cada situación que nos toque vivir.
Finalmente, la aerolínea nos permitió subirnos al próximo vuelo que despegó una hora y media después rumbo a París.

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