domingo, 3 de julio de 2016

Amanecer en Viena. Atardecer en Praga.

Celine y Jesse se separan en Antes del Amanecer después de haber pasado juntos un día recorriendo Viena. Esas 24 horas resumidas en una película de 101 minutos, que cuenta el romance de un americano y una francesa que se conocen en un tren, lograron que me enamore de la capital de Austria mucho antes de conocerla. 



Llegamos a ésta ciudad de Europa Central en el 2009. Viajamos desde Italia en un micro por cuyas ventanillas nos recibió un amanecer que iluminaba los campos de molinos de viento que aparecían como fotogramas al costado de la ruta.



Al igual que Julie Delpy y Ethan Hawke, los protagonistas del film de Richard Linklater, paseamos por  calles, parques, mercados, palacios, bares y cafes vieneses, deslumbrándonos ante el perfecto orden en el que se encuentra todo: Las calles limpias, los jardines impecables, los mercados prolijos, los palacios majestuosos. Nada está fuera de lugar. Y sin dudas, Viena es una ciudad elegante por donde se la mire.

















El fundador del psicoanálisis, Sigismund Freud, el pintor de El Beso, Gustav Klimt, y compositores como Mozart, Haydn, Shubert y Beethoven son algunos de sus personajes ilustres. Muchos turistas vienen tras sus pasos y, como Viena es considerada la capital europea de la música clásica, varios llegan atraídos por la posibilidad de asistir a conciertos de primer nivel, que en algunas oportunidades son gratuitos.



Después de conocer Viena, nos fuimos a Praga. Ambas ciudades forman uno de los circuitos obligados por Europa.



Y como repite Joaquín Sabina en su canción Cristales de Bohemia, "Ay Praga, Praga, Praga". Con esa expresión y un suspiro, recuerdo mi paso por la capital de la República Checa.




Praga es considerada como una de las ciudades más bellas del mundo. Sus castillos medievales, sus puentes, sus construcciones góticas, barrocas y renacentistas, su río Moldava, sus parques, sus esculturas, sus relojes, hacen de Praga un encanto. 



















Y cuando cae el sol, Praga se enciende, las calles se vuelven mágicas y deseas que nunca se haga de día. Uno se queda encandilado y mudo admirando la ciudad tenuamente iluminada. 


Atardecer en Praga
Entonces pensas en el amanecer en Viena y en el atardecer en Praga y repetis aquella cita de la película que inspiró este texto: "Si de verdad existe alguna clase de dios, no debe de estar en nosotros. Ni en tí ni en mí, pero quizás en un pequeño hueco entre nosotros...”.


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