sábado, 10 de noviembre de 2012

Las brujitas del Colombia

Para conocer a las “brujitas” de Colombia hay que irse a San Cipriano, una reserva natural en el Valle del Cauca, a dos horas de la ciudad de Cali.
Y como en un cuento mágico uno se sube a un carrito de madera sujeto a una moto que se desliza por las vías del tren y después de recorrer 7 kilómetros en aproximadamente 20 minutos, disfrutando del viento, atravesando túneles, escuchando el cantar de las chicharras, observando un paisaje repleto de vegetación, llegamos a destino!
Viajar en “brujita” es algo que jamás habíamos experimentado y resulta muy divertido y emocionante. El viaje ida y vuelta cuesta 8.000 pesos colombianos (4 dólares).
Su nombre se debe a que hace algunos años los conductores usaban unos palos de madera para empujar estos particulares vehículos, entonces se los asoció con las brujas que viajan  por los aires montadas en sus palos de escoba.


Viajando en brujita.
Luego llegó la modernidad y los palos fueron reemplazados por motos.
Los conductores aseguran que es un transporte seguro, pero yo no estaría tan segura. En cada carrito caben 5 personas y, como es la misma vía férrea para los que van y los que regresan de San Cipriano, hay horarios de prioridad y si se encuentran uno que va y otro que vuelve, los pasajeros deben bajarse para darle paso a la brujita que viene en dirección contraria.
Pero lo más riesgoso, según mi punto de vista, es que por esos mismos carriles pasa dos veces al día el tren que lleva mercancías al puerto de Buenaventura y,  aunque los choferes dicen que conocen los horarios del tren, siempre vale la pena  estar atentos por si suena la campana y preparados para saltar de la brujita.


Y la fábula de encanto sigue en San Cipriano.
Se ingresa por un poblado de casitas de madera (cuyas habitaciones se alquilan al turismo), calles de tierra, infaltables locales de salsa, restaurantes y puestos callejeros.
Viven 820 personas y su población es afro. Sus ingresos dependen íntegramente del turismo colombiano y extranjero que llega buscando el encanto y la tranquilidad del río.
La reserva tiene 8.500 hectáreas y a lo largo de sus caminos están señalizados los diferentes senderos y  entradas al río y sus charcos.
El ingreso a la reserva cuesta 1.500 pesos  (menos de un dólar).
Definitivamente creo que alguien tocó estas vertientes de agua con la varita mágica y las volvió cristalinas con tintes azules y verdes entre tanto bosque tropical.
Entonces en el río se puede nadar como si fuese una piscina transparente, flotar en los neumáticos que te alquilan por 4.000 pesos (2 dólares), balancearse en lianas cual tarzán, bañarse bajo las cascadas y navegar por las partes más correntosas del río sobre los gomones al mejor estilo rafting.
Los músculos del cuerpo nos laten, nuestras caras están al rojo vivo, nos duele la mandíbula de tanto reír, tenemos moretones en la cola de topar con las piedras mientras jugamos a deslizarnos por los rápidos.
Pero volvimos a ser niños otra vez y volamos en brujita.

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